Creo que esta vida es como un
gran rompecabezas. Las personas, como las piezas del puzzle, tienen una razón,
un lugar y un por qué. Son imprescindibles. Pero no insistas en poner piezas o
sustituirlas donde no caben ni encajan. Sólo te generará un gran desgaste, sufrir
y lastimar a otros.
He visto inquietantes y
bellísimos puzzles que cuelgan inmensos en las galerías de la vida; otros en
cambio, exageradamente equívocos e incompletos que podrían dañar la mirada.
Es un plan ambicioso aunque
aparentemente injusto y muy cotidiano. Sólo podemos seguir construyendo y vivir
la vida hasta que un día esté terminada nuestra obra, y serán irremediablemente
otros, quienes la juzguen.
Gracias a todos los que forman
parte del puzzle de mi vida.
En mi corazón y en mi alma guardo
un lugar, tu lugar, que nadie puede sustituir…
Cuando de pequeña veía
las películas de Western, descubría con la rapidez del impacto de un proyectil,
cómo los hombres sacrificaban a los caballos cuando se lesionaban, sus mejores compañeros. Nunca me acostumbré. ¿Por qué no intentaban curarlos? Hace no mucho me contaron que la mente de un
caballo gravemente lesionado, erairrecuperable, siempre recordaría con minucioso detalle
aquello que lo traumatizó. Cuando susurramos, nos empeñamos en demostrar con
sorprendente acierto que cuanto nos rodea tiene un especial encanto y un
entusiasmado resplandor. Con nuestro susurro transmitimos inconscientemente
que lo que pasó, pasó. La vida no se detuvo, está sucediendo...
A veces, hay que
otorgarse el honor de susurrarle al propio corazón.
¡Abrazos y susurros
del martes en la mañana !!!!!!
En la mitología griega, Tánatos
era la personificación de la muerte, una criatura de oscuridad escalofriante
cuyo toque mortal era…suave, como el de un sueño!!
La Caricia de Tánatos es una
novela realista que se desarrolla en la ciudad de Córdoba.
Lo real no tiene precio y hace
mucho más creíble y excelente la narración porque la problemática de los
personajes es exhibida por la ciudad, sus restaurantes, avenidas y parques.
Problemática en la que la autora
ha dejado bien plasmado su talento como escritora y su profesionalidad como
psiquiatra.
Mercedes Lozanoes una psicóloga
que tendrá que soportar mucha tensión y miedo. Deberá reponerse a sus traumas
familiares, el desprecio de su madre, la humillación de la anulación de su boda
años atrás, su ex-novio, la aparición de un nuevo amor en su vida y enfrentarse
a un caso terrible de dependencia hacia un hombre de una de sus pacientes,
Marina Daroca; sobre el que se volcará y le llevará incluso a cuestionarse su
propia relación amorosa y su eficacia profesional.
Novela psicológica con mucha
acción que denuncia la manipulación y el control emocional hasta límites
insospechados. ¿Vamos a dejar que nos roben la dignidad?
La Caricia de Tánatos nos rebela
cómo arrebatar tácita y lánguidamente el sentido más genuino de la propia
felicidad y la autoestima. No asestando golpes mortales, sino como el más sutil
asesino, golpes debilitadores que hacen insoportable la supervivencia del día a
día.
Asistimos a una novela de
verdugos y víctimas; éstas no gritan, se hunden, si acaso sollozan y no se
defienden porque aún no es un poderoso dolor, sino más bien de tipo medio,
soportable en gran medida, dosificado.
¡Cuánta falta de comprensión y
de cariño! Personas de usar y tirar. ¿Por qué no se liberan si no son felices? Porque
están atrapadas en una sumisión sin límite y por supuesto, todos tienen miedo a
que les rompan, una y otra vez, el corazón. Quedan enganchados a la humillación
por temor a la pérdida, a la soledad. ¿Cómo puede explicarse este fenómeno? El
lector también quedará enganchado a la novela para poder ir descifrando este
enigma que no ha hecho más que empezar.
Marcos, una mente enferma. Una
criatura paranoide con afán destructivo cuya obsesión por el cuerpo desatará al
monstruo que lleva dentro. Nada es por azar, todo está perfectamente
planificado. Es un seductor profesional y un manipulador perverso que sólo
busca su bien particular. Va a poseer la mente y las emociones de sus víctimas
a las que otorga paulatinamente su atención, y las hace sufrir cuando no lo
tienen cerca haciendo cualquier cosa por no perderlo. Es un depredador que
genera mucho dolor a su alrededor. No busca el bien de nadie, sino satisfacer
su propio ego.
“Caes en sus redes y colaboras
sin ser consciente de tu propia destrucción”.
Marina es una mujer bellísima e
inteligente pero sucumbe ante la persona de Marcos porque no lo ve venir. Ella
piensa que ha sido elegida y le sonríe la suerte hasta que un día empiezan a
aparecer los castigos psicológicos, instalándose en ella el miedo continuo a la
pérdida, y una gran angustia. Marina comete el error de suplicar a Marcos que
la valore consintiendo así el menosprecio de esa persona y aceptar situaciones
muy destructivas.
“La pilló desprevenida, porque
el maltratador psíquico es muy distinto. Es astuto, calculador, frío y
embaucador. La tenía confundida”.
Miguel, entra en la vida sentimental
de Mercedes, también tiene una fuerte carga emocional, conflictos de su
infancia sin resolver. Ayudará a Marina pero tiene que superar sus miedos y
fantasmas del pasado.
Mercedes trata de ser objetiva
porque reconoce que estas situaciones están rebasando el límite, solicita ayuda
profesional para resolverlo antes de que sea demasiado tarde. Es consciente de
que las relaciones nocivas tienen un alto riesgo que pueden conducir al
desastre.
María José Moreno nos inserta en
el pensamiento de los protagonistas a nivel familiar, amoroso y profesional.
Nos adentra en la mente y las emociones de los personajes de manera habilidosa,
cómo el sufrimiento que les consume les puede llevar a conductas muy dañinas,
sobretodo para quienes tienen una autoestima muy baja.
“… te han anulado la facultad para reaccionar;
te han absorbido por completo; dejándote sin energía para seguir luchando. En
ese punto no eres persona y te conviertes en aquello que quiere tu vampiro: una
cosa.”
La Caricia de Tánatos es un
viaje exploratorio hacia las profundidades de la mente humana. Los
protagonistas deberán tomar muchas decisiones. Una profunda reflexión de cómo
vive y actúa el ser humano que la autora ha sabido plasmar a la perfección.
Gracias María José, por esta
extraordinaria novela que nos muestra hombres y mujeres esclavos de sus emociones,
que el pasado a veces duele, las heridas hay que curarlas, y en el peor de los
casos: “Es mejor estar sólo que mal acompañado”.
Las fotografías de la ciudad de
Córdoba son gentileza de Fale Salcines, un gran artista y paisano.
Si quieres conocer a María José
Moreno éste es su blog: Lugar de encuentro
¿Puede un hallazgo aparentemente
intrascendente comprometer el curso de la historia?
Don Manuel Godoy Álvarez de
Farias Ríos Sánchez Zarzosa, también llamado “El Príncipe de la Paz”, era el
hombre más rico de España.
“Dicen que poseía una
importantísima colección de pinturas. Y oro. Y piedras preciosas”.
Manuel Godoy
En torno a la mítica y
controvertida figura del valido del rey Carlos IV, se combinan eficazmente en
esta novela dos incógnitas de gran relevancia: el secreto largo tiempo guardado
de su oculto tesoro antes de producirse el urdido Motín de Aranjuez, y la
legitimidad de la sucesión dinástica de la monarquía española.
Manuel
Godoy, héroe o villano. Carlos Díaz nos hace una minuciosa radiografía de este
hombre de grandes virtudes políticas. Un político reformista que terminó solo
cuando todos sus amigos le dieron la espalda y que casi siempre fue fiel a
Pepita Tudó.
Pepita Tudó
A las ocho en el Novelty es una
novela emocionante que compagina con intensidad escenas de investigación, amor,
espionaje, y un extenso círculo de asesinatos que conducirá al lector a
profundizar en la historia de las infidelidades de los monarcas a través de los
escándalos lujuriosos de Manuel Godoy.
Anatoly Boychenco es una de las
figuras clave. Un magnate escurridizo para la ley y ex-agente del KGB que tiene
como único objetivo encontrar el hipotético tesoro de Godoy aunque para ello
tenga que sembrar de crímenes su camino.
”Persona desequilibrada,
enferma, cruel y vengativa”.
Leonor Cortés Gómez es una
fascinante anticuaria a la que Anatoly hará una propuesta que marcará el resto
de su vida. Una víctima inocente que se moverá en una atmósfera hostil y llena
de misterio donde las escenas se suceden a gran velocidad. Se volcará sobre el
hallazgo de un encargo apasionado, pero sin esperanza de éxito. Un trabajo sin
descanso al que no puede renunciar. Un encargo muy peligroso que sólo ella
puede desentrañar con su minucioso trabajo, una apasionante misión de recuperar
obras perdidas en el tiempo y desentrañar sus misterios.
Toda el engranaje de la novela
se desarrolla bajo la atenta mirada del servicio de inteligencia ruso y del sistema de
espionaje español, dos corrientes distintas que poseen igualmente distintos
objetivos pero con un denominador común, Anatoly Boychenco.
“Lo que
nosotros queremos es hacer justicia; lo que ustedes desean es cambiar la
historia…o manejarla a su capricho”.
Leonor tendrá que realizar investigaciones
muy peligrosas desplazándose a diferentes escenarios con la inigualable ayuda
de su amigo Enrique, doctor en Historia Contemporánea con el que mantuvo una
relación hace veinticinco años. Se verán envueltos en una arriesgada aventura
sin vuelta atrás, un mundo antes desconocido lleno de secretos, traiciones y
asesinatos. Una aventura que da comienzo en el centenario Café Novelty, lugar
de encuentro de las letras salmantinas de tan emblemática y bella ciudad.
Café literario Novelty
“Cuna de las ciencias y
sabiduría española”.
Universidad de Salamanca
Una trama en donde no falta el
amor y los viajes para hacer reconstrucciones de hechos históricos. De
inigualable ayuda y relevancia es la persona de Don Servando, más que un
historiador, un erudito que posee en su mente un mundo fascinante, una memoria
sin fragmentaciones y un intelectual hechizante que sabe cómo salir al paso, culto
y comprometedor que constituye la esencia del saber.
A las ocho en el Novelty es una novela detallista, nos hace reflexionar
y profundizar en los acontecimientos que nos narra. ¿Hubo realmente un corte en
la dinastía monárquica? Una historia de bastardía. El autor nos acercará
rigurosamente a la vida de Godoy y el gran amor de su vida Pepita Tudó. Amor e
intriga que obligará a nuestros protagonistas a tomar una difícil decisión que
les va a desembocar en una sorprendente verdad.
Gracias Carlos, por esta
magnífica novela que une lo personal y lo político, por enseñarnos que la
historia puede ser inventada, construida y manipulada, porque es difícil descubrir
a quién se ama verdaderamente, y el alto precio que puede tener en ocasiones… ¡El
silencio!
La familia de Carlos IV, (Francisco de Goya)
Si quieres saber más sobreCarlos Díaz
Domínguez ésta es su Web Oficial
Para conocer A las ocho en el
Novelty está en Facebook
“A veces, cuando saqueo mis recuerdos rememorando hechos desflecados y viejos, me doy cuenta de que la vida que cada uno vivimos es como la recordamos y no como realmente fue”. (J.L.Palma)
EL PACIENTE DE EL PARDO es más que
una novela en sí, es un testimonio real de uno de los médicos cardiólogos que
en aquel momento pertenecían al equipo médico que rodeaba a la figura de
Francisco Franco, es pues un documento histórico y una visión presencial que
nos relata la realidad de lo que allí sucedió y que en parte los españoles de
aquel entonces ya elucubraban.
Cuando el paso de la vida a la
muerte es tan atroz, se denomina agonía. José Luis Palma es un genio literario
que ha sabido construir una inigualable novela alrededor de la agonía y muerte
del General Francisco Franco, de alguien que lo tuvo todo y cuyo cuerpo y mente
ofrecerán resistencia a rendirse ante la muerte, aunque no tenga escapatoria.
Un momento único. El autor
consigue equilibrar las nostalgias que subyacen en la memoria, la realidad
caótica y la ironía, para que seamos testigos de la luz agónica de una España
que se apaga y otra que resurgirá.
Un documento de incuestionable
calidad que baraja en cada momento la emoción y la reflexión. Nos mantiene el
interés desde el principio al fin. Es el mejor libro que he leído sobre este
tema. Nos encontraremos a veces absortos, captando imágenes y sensaciones, y
otras trabajando infatigablemente como formando parte del equipo médico. Todo
transcurre en un escenario en blanco y negro donde se hace protagonista la roja
sangre en su incesante sed de apagar la vida. La muerte no entiende de
familias, ni secretos, ni rencores, ni atiende a órdenes.
Es un documento histórico con
extraordinario rigor médico no exento de un sentido del humor que tanto nos
caracteriza a los españoles, sobretodo en los momentos más críticos y menos
adecuados; pero sin lugar a dudas diría que hasta necesario e imprescindible para
conservar la cordura.
Creo en consecuencia, que
cuantos participaron de aquel trágico e inolvidable acontecimiento, no volvieron a ser los mismos.
Gracias José Luis, por
mostrarnos un despliegue de disciplinas, decisiones, tragedias, la ironía de
los milagros, la lucha encarnizada por la vida, pero… “no lo hagas nunca más.
Ha sido inhumano”.
Esta novela se encuentra en Amazon Aquí (Puedes echar un vistazo a las primeras páginas)
Si quieres conocer la obra de José Luis Palma puedes visitar sus blogs:Escucha, corazón…
La muerte de la escultora Camilla Claude, amante de Rodin, injustamente
encerrada en un manicomio, es la base de este desgarrador relato. Una mujer
excepcional, abandonada por todos, por un mundo en el que el machismo y los
miserables podían triunfar…
Montdevergues, 21 de
Octubre de 1943
Hoy hemos enterrado
a una mujer excepcional en una fosa común, junto a los cadáveres de otros
enfermos anónimos, olvidados también para siempre por sus familias, si es que
alguna vez la tuvieron. Igual que un cobarde, me he quedado mirando cómo
lanzaban su pequeño y estilizado cuerpo, amortajado con una sencilla sábana, a
su indigna tumba. Allí estaba yo, aparentemente impertérrito, aburrido
espectador silencioso, mientras mis entrañas clamaban desgarrándome por dentro.
He visto cómo se confundía con los demás cadáveres, cómo la cubrían primero con
cal y luego con paladas y paladas de tierra sucia y húmeda. Llueve sin descanso
desde hace dos días, en este otoño que se me aparece infinito, como si el cielo
y todas las almas geniales que lo pueblan lloraran sin descanso la trágica
muerte de Camille.
Ella vaticinó que se
aproximaban su fin, que se agotaba su triste existencia. Hace una semana me
dijo en un susurro: “Me muero, Edouard, apenas me quedan unos días”. Yo traté
en vano de animarla, pero en el fondo de mi ser la creí, pensé que en verdad
estaba pronunciando sus últimas palabras, y de hecho me sigue resultando
increíble que haya resistido tantos años. Camille ocultaba tras la fragilidad
de su cuerpo a una mujer resistente y poderosa, un ser extraordinario cuya
huella nada ni nadie podrán borrar de mi memoria. Camille…
Recuerdo la primera
vez que descubrí sus ojos alucinados, nada más llegar a Montdevergues. No sabía
de quién se trataba. Yo entonces, hace ya casi veinte años, era un joven
insolente e inculto. Quizá después de dos décadas sólo me he convertido en un
hombre insolente e inculto, y además cobarde. Conocí a Camille siendo ya
anciana, una anciana de sesenta años muy bien llevados. Tras su rostro plagado
de manchas y profundas arrugas se adivinaba la belleza de una mujer maltratada
por todo y por todos. Recuerdo su mirada, profunda y desconfiada.
-Puede hacer conmigo
lo que quiera, doctor, pues hace ya años que me han despojado de todo lo que
tengo y nada más puede usted arrebatarme –me espetó, al poco de conocerme.
Camille estaba
resentida, y la verdad es que nunca nadie ha tenido más motivos para justificar
su animadversión hacia el mundo que la rodea. Yo no sabía quién era, porque su
nombre había sido borrado por el viento cruel de la historia; por la imponente
grandiosidad de otro genio, Auguste Rodin, que la había abarcado hasta
engullirla con sus fauces de animal creador; por la felicidad ingenua y sin
límites de los años veinte que trataban de tapar toda la inmundicia y la
crueldad de la Gran Guerra; por una sociedad oscurantista que se empecinaba en
que una mujer no podía ser libre y muchísimo menos hacer gala casi obscena de
dicha libertad. Nunca nadie ha podido tener más sólidos fundamentos para odiar
a toda una comunidad. Tampoco sabía quién era porque yo era un ignorante que
casi lo único que había hecho en la vida era estudiar medicina.
Al poco de asumir mi
cargo en Montdevergues recuerdo que descubrí a unos celadores destruyendo unas
piezas de barro modelado y secado al sol. Se trataba de figuras que evocaban
vagamente el torso de hombres y mujeres, entrelazados, estirados, aferrados
como dos náufragos que no han encontrado isla alguna en la que salvarse y se
hunden juntos irremisiblemente en el océano.
-¿Qué hacéis?
–pregunté, extrañado por aquella curiosa escena.
-Obedecemos órdenes
del señor director. Tenemos que destruir cualquier pieza que haga la señorita
Claudel. El señor director le deja trabajar el barro y secarlo en su ventana,
pero luego a nosotros nos toca romper las piezas y tirarlas a la basura –me
contestó uno de los celadores, desganado.
Más tarde me enteré
de que tenía prohibido recibir correspondencia, y visitas, y escribir, y
esculpir. Tenía prohibido cualquier contacto con el exterior y cualquier atisbo
de desarrollo creativo. Todo ello con el cómplice beneplácito de su familia, la
misma familia que no ha atendido mis llamadas durante años, la misma familia
que la ha olvidado para siempre en una fosa común en un lugar perdido de
Francia, donde nunca nadie la encontrará.
Desde el principio
supe que Camille, al menos la Camille que yo conocía, no estaba loca, ni
muchísimo menos. Estaba más cuerda que el resto de los enfermos, más cuerda que
los médicos y celadores, más cuerda que el director del sanatorio y más cuerda
que yo mismo. Y, desde luego, estaba infinitamente más cuerda que toda su miserable
familia, que la había enterrado en vida en un apartado manicomio.
Montdevergues era un
lugar irónicamente hermoso, una sólida construcción rodeada de jardines a la
que iban a parar los alienados del noreste de Francia. Si no hubiera sido un
sanatorio mental casi podría decirse que era un lugar idílico de vacaciones.
Pero Montdevergues ha ido entrando lentamente en decadencia, y mucho más desde
que se implantó el odioso régimen de Vichy. Apenas llegan fondos para atender a
los más de dos mil pacientes que se hacinan en sus pabellones, y sus jardines
antaño hermosos se han ido marchitando y hoy sólo son un puñado de matorrales
secos y retorcidos que casi provocan pavor. Ahoraaquí convivimos los supuestamente cabales con
los supuestamente desequilibrados, e intentamos sobrevivir.
Camille, Camille,
Camille. ¿Qué te hemos hecho? Cada día detesto más este horrible mundo que ha
permitido que una persona tan única, tan maravillosa e inteligente, se haya
podrido en una celda, como una vulgar ratera, como una criminal cualquiera. Hoy
yo también soy mezquino, y me odio. No me consuelan las decenas de cartas que
dirigí a Paul, el hermano de Camille, rogándole, casi suplicándole, que la
dejara en libertad. Jamás se avino a ello, ni siquiera se dignó a acercarla a París
o a su pequeño pueblo, Villeneuve, tal y como ella ansiaba; ni siquiera pagó
los gastos de su manutención en los últimos diez años…
-Edouard, mi hermano
vendrá un día y me llevará con él a China. Sí, vendrá un día y me sacará de
aquí para que yo vuelva a ser libre.
No soy capaz de
recordar cuándo comencé a robarle algunas de las piezas a las que el destino
había reservado la destrucción. Me anticipaba a los insensibles y abyectos
celadores y escondía bajo mi bata una de aquellas figuras de barro, casi sin
terminar, todavía húmeda, y la ocultaba en mi despacho, para luego llevarla a
casa. Pueblan mi habitación medio centenar de ellas, y las contemplo mientras
escribo estas líneas; y así permanece Camille conmigo, ahora que su cuerpo y
sus palabras se han extinguido para siempre.
Yo sólo conocía a
una anciana de ojos azul oscuro que observaba con melancolía y rabia el mundo,
que no comprendía su reclusión y que clamaba, con una locuacidad reservada
únicamente a las grandes mentes, por su libertad. Pero poco a poco fui
descubriendo la historia que aquel dramático encierro silenciaba. Camille, una
mujer que siendo adolescente había emigrado de su pequeño pueblo con apenas
trescientos vecinos hasta París, arrastrada por una única pasión: la escultura.
Fue así como pronto llegó al taller del genio sin parangón, de Auguste Rodin,
que la acogió, que le enseñó, que la amó y que, finalmente, la abandonó por
otra mujer y no dudó en contribuir a su descalabro mental, temeroso de que
aquella escultora a la que había mostrado su arte fuera capaz de superarle en
vida.
-Rodin me cerró
todas las puertas. Rodin no sólo me apartó de él, sino que además deseó mi
destrucción… y la consiguió.
Cuando Rodin la
abandonó se recluyó en sí misma, se encerró en su estudio y siguió esculpiendo
sin descanso, aunque destruyendo luego todo lo que creaba. Apenas salía de
allí, vagaba desnuda por él, vociferando y protegiéndose de las amenazas
externas colocando cepos para lobos en puertas y ventanas. Decenas de gatos
compartían aquel espacio en el que la artista se consumía y se moría de hambre.
Camille no estaba loca: estaba desquiciada, rota, y deseaba negarse a sí misma.
-Auguste deseaba mi
arte, sabía que yo era una artista excepcional. Él se había quedado sin ideas,
y quería mis maravillosos bocetos a toda costa. Yo temía que me robaran mis
piezas, que se las atribuyeran, ¿me comprende?
-En ese caso,
Camille, ¿por qué seguía esculpiendo?
-Porque yo soy
escultora por encima de todo, porque no sé ni puedo hacer otra cosa. Desde muy
niña tuve muy claro qué era lo que quería hacer. Tomaba un pedazo de arcilla y
le daba forma. Cuando había terminado una pieza, a veces, le quitaba la cabeza.
Aquello me encantaba. Pero ya ve qué premio he recibido a tantos esfuerzos, a
tantos y tantos años de sacrificio. Cosas así suelen sucederme.
Y después llegó lo
peor. En un acto de confabulada venganza se aliaron las fuerzas familiares
(hermano, hermana y madre), con la oposición de algún primo al que no hicieron
caso, y la mandaron internar “por su propia seguridad”.
-Vinieron dos
esbirros armados hasta los dientes y me sacaron por la ventana. Me metieron a
la fuerza en una ambulancia y me llevaron a asilo de Vile-Evrard primero y
aquí, a Montdevergues, a mil millones de kilómetros de París, después, con la
excusa de la Gran Guerra. Ahora ya todos estaban felices, Camille sollozaba
encerrada en un manicomio, donde ya nadie podría escucharla jamás.
Camille se quedaba
con la mirada perdida en el infinito, contemplando el inagotable paisaje que se
adivinaba desde el ventanuco de su celda. En ocasiones se encogía como un bebé
y se pasaba horas en silencio, con la cabeza enterrada entre las piernas. Pero
cuando yo hacía ademán de irme me suplicaba de inmediato que no la dejara sola.
-¿Qué quiere,
Camille? No dice nada, será mejor que me marche –razonaba yo-. Tengo cientos de
pacientes a los que también debo atender.
-Si me abandona, si
me deja en este momento, me volveré loca –replicaba ella. ¡Qué ironía! «Me
volveré loca».
Durante un tiempo
estuvo ubicada en primera categoría, pero ella misma solicitó regresar a
tercera porque le parecían un robo los precios y también porque pensaba que
estaba mejor atendida entre los enfermos menos pudientes. Aún así, a lo largo
del invierno se quejaba amargamente del frío, del frío cruel que se apoderaba
primero de Montdevergues y luego se hacía dueño de su cuerpo. Decía que era un
frío que se colaba hasta las entrañas de sus huesos y que allí se quedaba
indefinidamente para atormentarla y para menoscabar su salud. Además, odiaba
aquel frío infernal porque le recordaba al que pasó en su estudio en París
antes de ser “apresada” para traerla aquí.
-Esperaron a la
muerte de mi padre para encerrarme. Él fue el único en comprenderme desde niña,
cuando yo regresaba a casa con el cabello revuelto y manchado de barro y decía
que deseaba ser escultora. Mi madre me odiaba, siempre me odió, y me llamaba
“endemoniada”.
Camille me contó un
día que se había quedado embarazada de Rodin, del señor Rodin, como le gustaba
llamarlo, pero que la obligaron a abortar. Y así perdió para siempre al que
habría sido su único hijo, el fruto de su pasión por el gran maestro y genio.
Cuando se separaron creyó volverse loca, loca de verdad, y aunque intentó
rehacer su vida comprendió que ya la había entregado y que nada podía hacer por
recuperarla. Comprendió que había sido derrotada por el mundo en el que le
había tocado vivir, un mundo por el que profesaba una aversión extrema. Dejaron
de llegar los encargos, los pedidos de aquellos ricachones que antes le
suplicaban, los favores de los ministros que antaño la habían asediado, los
artículos elogiosos de los críticos que pasaron a calificarla como mero
apéndice de Aguste Rodin. Sí, Camille comprendió pronto que ser mujer e intentar
salir adelante era completamente imposible en la Francia de finales del siglo
XIX, como quizá lo siga siendo hoy en día.
Camille olvidada,
Camille encerrada, Camille casi muerta en vida. ¿Cómo ha podido sucederle esto
a una persona así? ¿De verdad no quedará ninguna impresión en la historia del
arte de esta mujer excepcional con la que apenas sólo yo departía en las
últimas dos décadas? Porque Camille no se hablaba con nadie. Odiaba al resto de
pacientes, a los que tildaba de chiflados; odiaba al personal médico, odiaba
los muros de Montdevergues, sus jardines, las colinas que nos rodeaban, la
visión lejana del Mont-Ventoux, el aire que llegaba del Mediterráneo o la
humedad palpable del Ródano. Recuerdo cómo apretaba con fuerza sus manos
delgadas y de piel arrugada y me decía con rabia:
-No, yo no nací para
acabar así, Edouard. Yo no luché y me formé y esculpí junto al más grande para
terminar enclaustrada entre cuatro paredes blancas. No, Edouard, no trabajé y
me esforcé tanto para esto, para esta nada en la que me veo obligada a existir.
Creo, sinceramente, que merecía algo mejor.
Y sí, Camille, es
cierto, merecías algo mejor. ¿Seré ya el único en pensar así? ¿De verdad no
quedará vestigio de esta mujer fabulosa a la que he tenido el placer y la gloria
de conocer? Un día hice traer, exponiéndome a una severa sanción, pues su
familia había dado órdenes expresas al respecto, un bloque de mármol de un
metro cúbico para que pudiese modelarlo en el jardín. Me costó una fortuna,
pero consideré bien invertido el dinero si a cambio Camille no sólo lo
esculpía, sino si además con ello conseguía hacerla feliz. Adquirí todos los
útiles necesarios y casi tuve que arrastrarla una mañana muy temprano para que
pudiese recibir mi regalo.
-Jamás volveré a
esculpir piedra. No permitiré que nadie más me robe lo que es mío. Si desean
que trabaje…que me liberen –me dijo,
impertérrita, frente al bloque de piedra blanca y resplandeciente que aguardaba
a que sus manos le dieran forma.
-Pero Camille,
piénselo, creo que sería estupendo para su terapia, que le iría bien intentarlo
–supliqué, mezquinamente, seguramente pensando mucho más en mí que en ella.
-¡Qué terapia!
¿Acaso soy yo igual que estos dementes junto a los que me mantiene encerrada?
Yo no necesito ningún tratamiento, yo lo que necesito es libertad –sentenció.
No me dí por
vencido, y seguí insistiendo a lo largo de varias semanas. La respuesta me
llegó de forma trágica una agradable tarde de primavera, nada más regresar de
un delicioso viaje a Avignon.
-Edouard, venga
rápido, hay algo que tiene que ver y que no le va a gustar en absoluto –me dijo
un celador.
Lo acompañé hasta el
jardín principal. Sobre el césped yacían esparcidos cientos de pedazos de
mármol blanco, vestigios de lo que hasta el día anterior había sido el costoso
bloque que yo había comprado. Dos de aquellos pedazos sujetaban un papel sobre
el que estaba la firma de Camille. Lleno de ira fui a buscarla a su habitación,
donde parecía estar aguardándome.
-¡Si no deseaba
esculpir bastaba con decirlo, no tenía porqué destrozar el bloque! –exclamé,
fuera de mí, completamente sulfurado.
-Se lo he repetido
hasta la saciedad, y usted ha seguido insistiendo. Ahí tiene el resultado. Hice
una pequeña escultura y de inmediato la destruí. No quiero que nadie más me robe
lo que sólo yo he creado –replicó, serena, mirándome a los ojos.
Camille, yo también
te sustraía a escondidas tus sencillas piezas de barro. ¿Cómo permitir que
acabaran confundiéndose con los escombros de un manicomio? Camille, ¿a quién
dirigirme hoy, en este tiempo convulso que nos ha tocado vivir, para evitar
este sacrilegio terrible?
-Déjeme marchar,
Edouard. Sólo deseo regresar a Villeneuve, al pueblecito que me vio nacer, el
lugar más hermoso que hay sobre la Tierra. Déjeme ir al único sitio en el que
he sido feliz de verdad. Allí moriré en silencio, sin molestar a nadie. Se lo
prometo…
Te juro Camille que
lo intenté. Primero me dirigí a la señora Claudel, madre de Camille, que me
respondió arguyendo que era mejor no soltarla porque «había provocado mucho
mal, más del que pudiera imaginar»; después, decenas de veces, a su hermano
Paul. Una vez incluso me atreví a hacerlo personalmente, tras una de las
escasas visitas que dedicó a su pobre hermana.
-Señor Claudel, debe
usted compadecerse de su hermana. Aunque su estado de salud no sea bueno,
mentalmente presenta un comportamiento intachable. Sólo conserva una
animadversión hacia Auguste Rodin que hasta cierto punto es razonable.
-No, lo lamento
mucho. Entiendo sus buenas intenciones, pero Camille aquí está bien atendida y
protegida. Usted no ha conocido a mi hermana antes de ser internada, y le
garantizo que es capaz de la mayores insensateces que pueda imaginar. ¿Quién
sabe lo que sucedería si la dejásemos ahora suelta por ahí? –argumentó Paul
Claudel, el gran diplomático, el genial dramaturgo, el excelso poeta que bajo
ningún concepto deseaba que su hermana del alma pudiera contar a los cuatro
vientos que había sido cruelmente enjaulada durante treinta años.
Camille, Camille,
Camille…
Yace tu cuerpo envuelto
por la arcilla roja de Avignon, apresándote, petrificando tus huesos para
siempre en un lugar en el que nunca nadie los encontrará. Como una escultura
maravillosa sepultada bajo las cenizas de un volcán se pierde en el infinito,
así hemos enterrado para siempre el cuerpo de Camille Claudel hoy en una
anónima fosa común reservada a los dementes.
Ahora estoy
decidido. Será mi forma de expiación. Voy a destrozar el pequeño museo que
durante años construí sin que lo supieras. Aquí están esas figuritas de arcilla
que tú creías yacerían en las cloacas del departamento de Vaucluse, pero que en
realidad flotan entre la inmundicia de mis pecados sin purgar. Será mi tributo.
Creo que al fin he llegado a comprenderte. Destruiré las piezas una a una y
dejaré el suelo de mi habitación tal y como tú dejaste el jardín de
Montdevergues. Veré sucumbir a los náufragos, separarse a los amantes, soltarse
a los bailarines… Dejará la belleza que salía de tus manos de existir, y sólo
mi memoria guardará recuerdo de aquello que fuiste capaz de realizar, de crear,
en un infierno cruel al que te viste sometida.
Anochece en el asilo. Escucho los gritos desgarrados de
algunos enfermos que vociferan desde los pabellones más atestados. Camille
Claudel ya no está entre nosotros y a mí ya no me queda consuelo ni paciente
con la que compartir mis más altas aspiraciones. Yo también lo he perdido todo
con tu marcha, Camille. Si algo he sido, si alguna vez he llegado a sentirme
grande, importante o extraordinario ha sido gracias a ti. Pese a todo, haber
compartido veinte años de tu encierro ha sido un honor y un placer.
Descanse en paz tu alma atormentada y genial.
Melodía...
Libros a la deriva...
Esta novela se encuentra en Amazon Aquí (puedes echar un vistazo a las primeras páginas)