jueves, 9 de abril de 2015

LA VIDA: UN PUZZLE LLENO DE HUMANIDAD

UN VIAJE JUNTOS  DE DESCUBRIMIENTO

LA VIDA: UN PUZZLE LLENO DE HUMANIDAD


Creo que esta vida es como un gran rompecabezas. Las personas, como las piezas del puzzle, tienen una razón, un lugar y un por qué. Son imprescindibles. Pero no insistas en poner piezas o sustituirlas donde no caben ni encajan. Sólo te generará un gran desgaste, sufrir y lastimar a otros.

He visto inquietantes y bellísimos puzzles que cuelgan inmensos en las galerías de la vida; otros en cambio, exageradamente equívocos e incompletos que podrían dañar la mirada.

Es un plan ambicioso aunque aparentemente injusto y muy cotidiano. Sólo podemos seguir construyendo y vivir la vida hasta que un día esté terminada nuestra obra, y serán irremediablemente otros, quienes la juzguen.


LA VIDA: UN PUZZLE LLENO DE HUMANIDAD


Gracias a todos los que forman parte del puzzle de mi vida.
En mi corazón y en mi alma guardo un lugar, tu lugar, que nadie puede sustituir…

Melodía…

           

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martes, 31 de marzo de 2015

ES HIPNOTIZANTE LA FUERZA DEL SUSURRO…

¡Celebremos que no somos caballos!

ES HIPNOTIZANTE LA FUERZA DEL SUSURRO

Cuando de pequeña veía las películas de Western, descubría con la rapidez del impacto de un proyectil, cómo los hombres sacrificaban a los caballos cuando se lesionaban, sus mejores compañeros.
Nunca me acostumbré. ¿Por qué no intentaban curarlos?
Hace no mucho me contaron que la mente de un caballo gravemente lesionado, era irrecuperable, siempre recordaría con minucioso detalle aquello que lo traumatizó.
Cuando susurramos, nos empeñamos en demostrar con sorprendente acierto que cuanto nos rodea tiene un especial encanto y un entusiasmado resplandor.
Con nuestro susurro transmitimos inconscientemente que lo que pasó, pasó. La vida no se detuvo, está sucediendo...

A veces, hay que otorgarse el honor de susurrarle al propio corazón.


¡Abrazos y susurros del martes en la mañana !!!!!!

Melodía…

                             

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lunes, 23 de marzo de 2015

LA CARICIA DE TÁNATOS, por María José Moreno




MANIPULACIÓN, ODIO Y MUERTE

En la mitología griega, Tánatos era la personificación de la muerte, una criatura de oscuridad escalofriante cuyo toque mortal era…suave, como el de un sueño!!

La Caricia de Tánatos es una novela realista que se desarrolla en la ciudad de Córdoba.

LA CARICIA DE TÁNATOS

Lo real no tiene precio y hace mucho más creíble y excelente la narración porque la problemática de los personajes es exhibida por la ciudad, sus restaurantes, avenidas y parques.

LA CARICIA DE TÁNATOS

Problemática en la que la autora ha dejado bien plasmado su talento como escritora y su profesionalidad como psiquiatra.

LA CARICIA DE TÁNATOS

   Mercedes Lozano es una psicóloga que tendrá que soportar mucha tensión y miedo. Deberá reponerse a sus traumas familiares, el desprecio de su madre, la humillación de la anulación de su boda años atrás, su ex-novio, la aparición de un nuevo amor en su vida y enfrentarse a un caso terrible de dependencia hacia un hombre de una de sus pacientes, Marina Daroca; sobre el que se volcará y le llevará incluso a cuestionarse su propia relación amorosa y su eficacia profesional.

   Novela psicológica con mucha acción que denuncia la manipulación y el control emocional hasta límites insospechados. ¿Vamos a dejar que nos roben la dignidad?
   La Caricia de Tánatos nos rebela cómo arrebatar tácita y lánguidamente el sentido más genuino de la propia felicidad y la autoestima. No asestando golpes mortales, sino como el más sutil asesino, golpes debilitadores que hacen insoportable la supervivencia del día a día.

   Asistimos a una novela de verdugos y víctimas; éstas no gritan, se hunden, si acaso sollozan y no se defienden porque aún no es un poderoso dolor, sino más bien de tipo medio, soportable en gran medida, dosificado.

LA CARICIA DE TÁNATOS

 ¡Cuánta falta de comprensión y de cariño! Personas de usar y tirar. ¿Por qué no se liberan si no son felices? Porque están atrapadas en una sumisión sin límite y por supuesto, todos tienen miedo a que les rompan, una y otra vez, el corazón. Quedan enganchados a la humillación por temor a la pérdida, a la soledad. ¿Cómo puede explicarse este fenómeno? El lector también quedará enganchado a la novela para poder ir descifrando este enigma que no ha hecho más que empezar.

Marcos, una mente enferma. Una criatura paranoide con afán destructivo cuya obsesión por el cuerpo desatará al monstruo que lleva dentro. Nada es por azar, todo está perfectamente planificado. Es un seductor profesional y un manipulador perverso que sólo busca su bien particular. Va a poseer la mente y las emociones de sus víctimas a las que otorga paulatinamente su atención, y las hace sufrir cuando no lo tienen cerca haciendo cualquier cosa por no perderlo. Es un depredador que genera mucho dolor a su alrededor. No busca el bien de nadie, sino satisfacer su propio ego.

“Caes en sus redes y colaboras sin ser consciente de tu propia destrucción”.

Marina es una mujer bellísima e inteligente pero sucumbe ante la persona de Marcos porque no lo ve venir. Ella piensa que ha sido elegida y le sonríe la suerte hasta que un día empiezan a aparecer los castigos psicológicos, instalándose en ella el miedo continuo a la pérdida, y una gran angustia. Marina comete el error de suplicar a Marcos que la valore consintiendo así el menosprecio de esa persona y aceptar situaciones muy destructivas.


“La pilló desprevenida, porque el maltratador psíquico es muy distinto. Es astuto, calculador, frío y embaucador. La tenía confundida”.

Miguel, entra en la vida sentimental de Mercedes, también tiene una fuerte carga emocional, conflictos de su infancia sin resolver. Ayudará a Marina pero tiene que superar sus miedos y fantasmas del pasado.

Mercedes trata de ser objetiva porque reconoce que estas situaciones están rebasando el límite, solicita ayuda profesional para resolverlo antes de que sea demasiado tarde. Es consciente de que las relaciones nocivas tienen un alto riesgo que pueden conducir al desastre.


María José Moreno nos inserta en el pensamiento de los protagonistas a nivel familiar, amoroso y profesional. Nos adentra en la mente y las emociones de los personajes de manera habilidosa, cómo el sufrimiento que les consume les puede llevar a conductas muy dañinas, sobretodo para quienes tienen una autoestima muy baja.

 “… te han anulado la facultad para reaccionar; te han absorbido por completo; dejándote sin energía para seguir luchando. En ese punto no eres persona y te conviertes en aquello que quiere tu vampiro: una cosa.”

La Caricia de Tánatos es un viaje exploratorio hacia las profundidades de la mente humana. Los protagonistas deberán tomar muchas decisiones. Una profunda reflexión de cómo vive y actúa el ser humano que la autora ha sabido plasmar a la perfección.

Gracias María José, por esta extraordinaria novela que nos muestra hombres y mujeres esclavos de sus emociones, que el pasado a veces duele, las heridas hay que curarlas, y en el peor de los casos: “Es mejor estar sólo que mal acompañado”.

LA CARICIA DE TÁNATOS

Las fotografías de la ciudad de Córdoba son gentileza de Fale Salcines, un gran artista y paisano.

Si quieres conocer a María José Moreno éste es su blog: Lugar de encuentro
Otro precioso libro de María José Moreno: Bajo los tilos
Esta novela está en Amazon (Puedes echar un vistazo a las primeras páginas) Aquí

Melodías que aparecen en la novela…

                         


        

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martes, 17 de marzo de 2015

A LAS OCHO EN EL NOVELTY, de Carlos Díaz Domínguez

LA HISTORIA EN MANOS DE UNA PERSONA

A LAS OCHO EN EL NOVELTY


¿Puede un hallazgo aparentemente intrascendente comprometer el curso de la historia?
Don Manuel Godoy Álvarez de Farias Ríos Sánchez Zarzosa, también llamado “El Príncipe de la Paz”, era el hombre más rico de España.

“Dicen que poseía una importantísima colección de pinturas. Y oro. Y piedras preciosas”.

A LAS OCHO EN EL NOVELTY
Manuel Godoy


En torno a la mítica y controvertida figura del valido del rey Carlos IV, se combinan eficazmente en esta novela dos incógnitas de gran relevancia: el secreto largo tiempo guardado de su oculto tesoro antes de producirse el urdido Motín de Aranjuez, y la legitimidad de la sucesión dinástica de la monarquía española.
Manuel Godoy, héroe o villano. Carlos Díaz nos hace una minuciosa radiografía de este hombre de grandes virtudes políticas. Un político reformista que terminó solo cuando todos sus amigos le dieron la espalda y que casi siempre fue fiel a Pepita Tudó.  

A LAS OCHO EN EL NOVELTY
Pepita Tudó

A las ocho en el Novelty es una novela emocionante que compagina con intensidad escenas de investigación, amor, espionaje, y un extenso círculo de asesinatos que conducirá al lector a profundizar en la historia de las infidelidades de los monarcas a través de los escándalos lujuriosos de Manuel Godoy.

Anatoly Boychenco es una de las figuras clave. Un magnate escurridizo para la ley y ex-agente del KGB que tiene como único objetivo encontrar el hipotético tesoro de Godoy aunque para ello tenga que sembrar de crímenes su camino.

”Persona desequilibrada, enferma, cruel y vengativa”.

Leonor Cortés Gómez es una fascinante anticuaria a la que Anatoly hará una propuesta que marcará el resto de su vida. Una víctima inocente que se moverá en una atmósfera hostil y llena de misterio donde las escenas se suceden a gran velocidad. Se volcará sobre el hallazgo de un encargo apasionado, pero sin esperanza de éxito. Un trabajo sin descanso al que no puede renunciar. Un encargo muy peligroso que sólo ella puede desentrañar con su minucioso trabajo, una apasionante misión de recuperar obras perdidas en el tiempo y desentrañar sus misterios.

Toda el engranaje de la novela se desarrolla bajo la atenta mirada del servicio de inteligencia ruso  y del sistema de espionaje español, dos corrientes distintas que poseen igualmente distintos objetivos pero con un denominador común, Anatoly Boychenco.

“Lo que nosotros queremos es hacer justicia; lo que ustedes desean es cambiar la historia…o manejarla a su capricho”.

Leonor tendrá que realizar investigaciones muy peligrosas desplazándose a diferentes escenarios con la inigualable ayuda de su amigo Enrique, doctor en Historia Contemporánea con el que mantuvo una relación hace veinticinco años. Se verán envueltos en una arriesgada aventura sin vuelta atrás, un mundo antes desconocido lleno de secretos, traiciones y asesinatos. Una aventura que da comienzo en el centenario Café Novelty, lugar de encuentro de las letras salmantinas de tan emblemática y bella ciudad.

A LAS OCHO EN EL NOVELTY
Café literario Novelty

“Cuna de las ciencias y sabiduría española”.

A LAS OCHO EN EL NOVELTY
Universidad de Salamanca


Una trama en donde no falta el amor y los viajes para hacer reconstrucciones de hechos históricos. De inigualable ayuda y relevancia es la persona de Don Servando, más que un historiador, un erudito que posee en su mente un mundo fascinante, una memoria sin fragmentaciones y un intelectual hechizante que sabe cómo salir al paso, culto y comprometedor que constituye la esencia del saber.

A  las ocho en el Novelty  es una novela detallista, nos hace reflexionar y profundizar en los acontecimientos que nos narra. ¿Hubo realmente un corte en la dinastía monárquica? Una historia de bastardía. El autor nos acercará rigurosamente a la vida de Godoy y el gran amor de su vida Pepita Tudó. Amor e intriga que obligará a nuestros protagonistas a tomar una difícil decisión que les va a desembocar en una sorprendente verdad.

Gracias Carlos, por esta magnífica novela que une lo personal y lo político, por enseñarnos que la historia puede ser inventada, construida y manipulada, porque es difícil descubrir a quién se ama verdaderamente, y el alto precio que puede tener en ocasiones… ¡El silencio!

A LAS OCHO EN EL NOVELTY
La familia de Carlos IV, (Francisco de Goya)

Si quieres saber más sobre Carlos Díaz Domínguez ésta es su Web Oficial

Para conocer A las ocho en el Novelty está en Facebook

Melodía...

            

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sábado, 28 de febrero de 2015

EL PACIENTE DE EL PARDO, por José Luis Palma


EL PACIENTE DEL PARDO

EN BLANCO Y NEGRO

“A veces, cuando saqueo mis recuerdos rememorando hechos desflecados y viejos, me doy cuenta de que la vida que cada uno vivimos es como la recordamos y no como realmente fue”. (J.L.Palma)

EL PACIENTE DE EL PARDO es más que una novela en sí, es un testimonio real de uno de los médicos cardiólogos que en aquel momento pertenecían al equipo médico que rodeaba a la figura de Francisco Franco, es pues un documento histórico y una visión presencial que nos relata la realidad de lo que allí sucedió y que en parte los españoles de aquel entonces ya elucubraban.

EL PACIENTE DEL PARDO

Cuando el paso de la vida a la muerte es tan atroz, se denomina agonía. José Luis Palma es un genio literario que ha sabido construir una inigualable novela alrededor de la agonía y muerte del General Francisco Franco, de alguien que lo tuvo todo y cuyo cuerpo y mente ofrecerán resistencia a rendirse ante la muerte, aunque no tenga escapatoria.
Un momento único. El autor consigue equilibrar las nostalgias que subyacen en la memoria, la realidad caótica y la ironía, para que seamos testigos de la luz agónica de una España que se apaga y otra que resurgirá.

EL PACIENTE DEL PARDO

Un documento de incuestionable calidad que baraja en cada momento la emoción y la reflexión. Nos mantiene el interés desde el principio al fin. Es el mejor libro que he leído sobre este tema. Nos encontraremos a veces absortos, captando imágenes y sensaciones, y otras trabajando infatigablemente como formando parte del equipo médico. Todo transcurre en un escenario en blanco y negro donde se hace protagonista la roja sangre en su incesante sed de apagar la vida. La muerte no entiende de familias, ni secretos, ni rencores, ni atiende a órdenes.
Es un documento histórico con extraordinario rigor médico no exento de un sentido del humor que tanto nos caracteriza a los españoles, sobretodo en los momentos más críticos y menos adecuados; pero sin lugar a dudas diría que hasta necesario e imprescindible para conservar la cordura.
Creo en consecuencia, que cuantos participaron de aquel trágico e inolvidable  acontecimiento, no volvieron a ser los mismos.

Gracias José Luis, por mostrarnos un despliegue de disciplinas, decisiones, tragedias, la ironía de los milagros, la lucha encarnizada por la vida, pero… “no lo hagas nunca más. Ha sido inhumano”.


EL PACIENTE DEL PARDO


Esta novela se encuentra en Amazon Aquí (Puedes echar un vistazo a las primeras páginas)

Si quieres conocer la obra de José Luis Palma puedes visitar sus blogs: Escucha, corazón…


Otro comentario de uno de sus libros Aquí

Melodía...

           

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viernes, 6 de febrero de 2015

ENCERRADA EN LA NADA, por Enrique Laso

La muerte de la escultora Camilla Claude, amante de Rodin, injustamente encerrada en un manicomio, es la base de este desgarrador relato. Una mujer excepcional, abandonada por todos, por un mundo en el que el machismo y los miserables podían triunfar…

Encerrada en la nada, por Enrique Laso


Montdevergues, 21 de Octubre de 1943
Hoy hemos enterrado a una mujer excepcional en una fosa común, junto a los cadáveres de otros enfermos anónimos, olvidados también para siempre por sus familias, si es que alguna vez la tuvieron. Igual que un cobarde, me he quedado mirando cómo lanzaban su pequeño y estilizado cuerpo, amortajado con una sencilla sábana, a su indigna tumba. Allí estaba yo, aparentemente impertérrito, aburrido espectador silencioso, mientras mis entrañas clamaban desgarrándome por dentro. He visto cómo se confundía con los demás cadáveres, cómo la cubrían primero con cal y luego con paladas y paladas de tierra sucia y húmeda. Llueve sin descanso desde hace dos días, en este otoño que se me aparece infinito, como si el cielo y todas las almas geniales que lo pueblan lloraran sin descanso la trágica muerte de Camille.

Ella vaticinó que se aproximaban su fin, que se agotaba su triste existencia. Hace una semana me dijo en un susurro: “Me muero, Edouard, apenas me quedan unos días”. Yo traté en vano de animarla, pero en el fondo de mi ser la creí, pensé que en verdad estaba pronunciando sus últimas palabras, y de hecho me sigue resultando increíble que haya resistido tantos años. Camille ocultaba tras la fragilidad de su cuerpo a una mujer resistente y poderosa, un ser extraordinario cuya huella nada ni nadie podrán borrar de mi memoria. Camille…

Recuerdo la primera vez que descubrí sus ojos alucinados, nada más llegar a Montdevergues. No sabía de quién se trataba. Yo entonces, hace ya casi veinte años, era un joven insolente e inculto. Quizá después de dos décadas sólo me he convertido en un hombre insolente e inculto, y además cobarde. Conocí a Camille siendo ya anciana, una anciana de sesenta años muy bien llevados. Tras su rostro plagado de manchas y profundas arrugas se adivinaba la belleza de una mujer maltratada por todo y por todos. Recuerdo su mirada, profunda y desconfiada.

-Puede hacer conmigo lo que quiera, doctor, pues hace ya años que me han despojado de todo lo que tengo y nada más puede usted arrebatarme –me espetó, al poco de conocerme.
Camille estaba resentida, y la verdad es que nunca nadie ha tenido más motivos para justificar su animadversión hacia el mundo que la rodea. Yo no sabía quién era, porque su nombre había sido borrado por el viento cruel de la historia; por la imponente grandiosidad de otro genio, Auguste Rodin, que la había abarcado hasta engullirla con sus fauces de animal creador; por la felicidad ingenua y sin límites de los años veinte que trataban de tapar toda la inmundicia y la crueldad de la Gran Guerra; por una sociedad oscurantista que se empecinaba en que una mujer no podía ser libre y muchísimo menos hacer gala casi obscena de dicha libertad. Nunca nadie ha podido tener más sólidos fundamentos para odiar a toda una comunidad. Tampoco sabía quién era porque yo era un ignorante que casi lo único que había hecho en la vida era estudiar medicina.

Al poco de asumir mi cargo en Montdevergues recuerdo que descubrí a unos celadores destruyendo unas piezas de barro modelado y secado al sol. Se trataba de figuras que evocaban vagamente el torso de hombres y mujeres, entrelazados, estirados, aferrados como dos náufragos que no han encontrado isla alguna en la que salvarse y se hunden juntos irremisiblemente en el océano.
-¿Qué hacéis? –pregunté, extrañado por aquella curiosa escena.

-Obedecemos órdenes del señor director. Tenemos que destruir cualquier pieza que haga la señorita Claudel. El señor director le deja trabajar el barro y secarlo en su ventana, pero luego a nosotros nos toca romper las piezas y tirarlas a la basura –me contestó uno de los celadores, desganado.

Más tarde me enteré de que tenía prohibido recibir correspondencia, y visitas, y escribir, y esculpir. Tenía prohibido cualquier contacto con el exterior y cualquier atisbo de desarrollo creativo. Todo ello con el cómplice beneplácito de su familia, la misma familia que no ha atendido mis llamadas durante años, la misma familia que la ha olvidado para siempre en una fosa común en un lugar perdido de Francia, donde nunca nadie la encontrará.

Desde el principio supe que Camille, al menos la Camille que yo conocía, no estaba loca, ni muchísimo menos. Estaba más cuerda que el resto de los enfermos, más cuerda que los médicos y celadores, más cuerda que el director del sanatorio y más cuerda que yo mismo. Y, desde luego, estaba infinitamente más cuerda que toda su miserable familia, que la había enterrado en vida en un apartado manicomio.

Montdevergues era un lugar irónicamente hermoso, una sólida construcción rodeada de jardines a la que iban a parar los alienados del noreste de Francia. Si no hubiera sido un sanatorio mental casi podría decirse que era un lugar idílico de vacaciones. Pero Montdevergues ha ido entrando lentamente en decadencia, y mucho más desde que se implantó el odioso régimen de Vichy. Apenas llegan fondos para atender a los más de dos mil pacientes que se hacinan en sus pabellones, y sus jardines antaño hermosos se han ido marchitando y hoy sólo son un puñado de matorrales secos y retorcidos que casi provocan pavor. Ahora  aquí convivimos los supuestamente cabales con los supuestamente desequilibrados, e intentamos sobrevivir.

Camille, Camille, Camille. ¿Qué te hemos hecho? Cada día detesto más este horrible mundo que ha permitido que una persona tan única, tan maravillosa e inteligente, se haya podrido en una celda, como una vulgar ratera, como una criminal cualquiera. Hoy yo también soy mezquino, y me odio. No me consuelan las decenas de cartas que dirigí a Paul, el hermano de Camille, rogándole, casi suplicándole, que la dejara en libertad. Jamás se avino a ello, ni siquiera se dignó a acercarla a París o a su pequeño pueblo, Villeneuve, tal y como ella ansiaba; ni siquiera pagó los gastos de su manutención en los últimos diez años…

-Edouard, mi hermano vendrá un día y me llevará con él a China. Sí, vendrá un día y me sacará de aquí para que yo vuelva a ser libre.
No soy capaz de recordar cuándo comencé a robarle algunas de las piezas a las que el destino había reservado la destrucción. Me anticipaba a los insensibles y abyectos celadores y escondía bajo mi bata una de aquellas figuras de barro, casi sin terminar, todavía húmeda, y la ocultaba en mi despacho, para luego llevarla a casa. Pueblan mi habitación medio centenar de ellas, y las contemplo mientras escribo estas líneas; y así permanece Camille conmigo, ahora que su cuerpo y sus palabras se han extinguido para siempre.

Yo sólo conocía a una anciana de ojos azul oscuro que observaba con melancolía y rabia el mundo, que no comprendía su reclusión y que clamaba, con una locuacidad reservada únicamente a las grandes mentes, por su libertad. Pero poco a poco fui descubriendo la historia que aquel dramático encierro silenciaba. Camille, una mujer que siendo adolescente había emigrado de su pequeño pueblo con apenas trescientos vecinos hasta París, arrastrada por una única pasión: la escultura. Fue así como pronto llegó al taller del genio sin parangón, de Auguste Rodin, que la acogió, que le enseñó, que la amó y que, finalmente, la abandonó por otra mujer y no dudó en contribuir a su descalabro mental, temeroso de que aquella escultora a la que había mostrado su arte fuera capaz de superarle en vida.

-Rodin me cerró todas las puertas. Rodin no sólo me apartó de él, sino que además deseó mi destrucción… y la consiguió.

Cuando Rodin la abandonó se recluyó en sí misma, se encerró en su estudio y siguió esculpiendo sin descanso, aunque destruyendo luego todo lo que creaba. Apenas salía de allí, vagaba desnuda por él, vociferando y protegiéndose de las amenazas externas colocando cepos para lobos en puertas y ventanas. Decenas de gatos compartían aquel espacio en el que la artista se consumía y se moría de hambre. Camille no estaba loca: estaba desquiciada, rota, y deseaba negarse a sí misma.

-Auguste deseaba mi arte, sabía que yo era una artista excepcional. Él se había quedado sin ideas, y quería mis maravillosos bocetos a toda costa. Yo temía que me robaran mis piezas, que se las atribuyeran, ¿me comprende?

-En ese caso, Camille, ¿por qué seguía esculpiendo?

-Porque yo soy escultora por encima de todo, porque no sé ni puedo hacer otra cosa. Desde muy niña tuve muy claro qué era lo que quería hacer. Tomaba un pedazo de arcilla y le daba forma. Cuando había terminado una pieza, a veces, le quitaba la cabeza. Aquello me encantaba. Pero ya ve qué premio he recibido a tantos esfuerzos, a tantos y tantos años de sacrificio. Cosas así suelen sucederme.

Y después llegó lo peor. En un acto de confabulada venganza se aliaron las fuerzas familiares (hermano, hermana y madre), con la oposición de algún primo al que no hicieron caso, y la mandaron internar “por su propia seguridad”.

-Vinieron dos esbirros armados hasta los dientes y me sacaron por la ventana. Me metieron a la fuerza en una ambulancia y me llevaron a asilo de Vile-Evrard primero y aquí, a Montdevergues, a mil millones de kilómetros de París, después, con la excusa de la Gran Guerra. Ahora ya todos estaban felices, Camille sollozaba encerrada en un manicomio, donde ya nadie podría escucharla jamás.

Camille se quedaba con la mirada perdida en el infinito, contemplando el inagotable paisaje que se adivinaba desde el ventanuco de su celda. En ocasiones se encogía como un bebé y se pasaba horas en silencio, con la cabeza enterrada entre las piernas. Pero cuando yo hacía ademán de irme me suplicaba de inmediato que no la dejara sola.

-¿Qué quiere, Camille? No dice nada, será mejor que me marche –razonaba yo-. Tengo cientos de pacientes a los que también debo atender.

-Si me abandona, si me deja en este momento, me volveré loca –replicaba ella. ¡Qué ironía! «Me volveré loca».

Durante un tiempo estuvo ubicada en primera categoría, pero ella misma solicitó regresar a tercera porque le parecían un robo los precios y también porque pensaba que estaba mejor atendida entre los enfermos menos pudientes. Aún así, a lo largo del invierno se quejaba amargamente del frío, del frío cruel que se apoderaba primero de Montdevergues y luego se hacía dueño de su cuerpo. Decía que era un frío que se colaba hasta las entrañas de sus huesos y que allí se quedaba indefinidamente para atormentarla y para menoscabar su salud. Además, odiaba aquel frío infernal porque le recordaba al que pasó en su estudio en París antes de ser “apresada” para traerla aquí.

-Esperaron a la muerte de mi padre para encerrarme. Él fue el único en comprenderme desde niña, cuando yo regresaba a casa con el cabello revuelto y manchado de barro y decía que deseaba ser escultora. Mi madre me odiaba, siempre me odió, y me llamaba “endemoniada”.

Camille me contó un día que se había quedado embarazada de Rodin, del señor Rodin, como le gustaba llamarlo, pero que la obligaron a abortar. Y así perdió para siempre al que habría sido su único hijo, el fruto de su pasión por el gran maestro y genio. Cuando se separaron creyó volverse loca, loca de verdad, y aunque intentó rehacer su vida comprendió que ya la había entregado y que nada podía hacer por recuperarla. Comprendió que había sido derrotada por el mundo en el que le había tocado vivir, un mundo por el que profesaba una aversión extrema. Dejaron de llegar los encargos, los pedidos de aquellos ricachones que antes le suplicaban, los favores de los ministros que antaño la habían asediado, los artículos elogiosos de los críticos que pasaron a calificarla como mero apéndice de Aguste Rodin. Sí, Camille comprendió pronto que ser mujer e intentar salir adelante era completamente imposible en la Francia de finales del siglo XIX, como quizá lo siga siendo hoy en día.

Camille olvidada, Camille encerrada, Camille casi muerta en vida. ¿Cómo ha podido sucederle esto a una persona así? ¿De verdad no quedará ninguna impresión en la historia del arte de esta mujer excepcional con la que apenas sólo yo departía en las últimas dos décadas? Porque Camille no se hablaba con nadie. Odiaba al resto de pacientes, a los que tildaba de chiflados; odiaba al personal médico, odiaba los muros de Montdevergues, sus jardines, las colinas que nos rodeaban, la visión lejana del Mont-Ventoux, el aire que llegaba del Mediterráneo o la humedad palpable del Ródano. Recuerdo cómo apretaba con fuerza sus manos delgadas y de piel arrugada y me decía con rabia:

-No, yo no nací para acabar así, Edouard. Yo no luché y me formé y esculpí junto al más grande para terminar enclaustrada entre cuatro paredes blancas. No, Edouard, no trabajé y me esforcé tanto para esto, para esta nada en la que me veo obligada a existir. Creo, sinceramente, que merecía algo mejor.

Y sí, Camille, es cierto, merecías algo mejor. ¿Seré ya el único en pensar así? ¿De verdad no quedará vestigio de esta mujer fabulosa a la que he tenido el placer y la gloria de conocer? Un día hice traer, exponiéndome a una severa sanción, pues su familia había dado órdenes expresas al respecto, un bloque de mármol de un metro cúbico para que pudiese modelarlo en el jardín. Me costó una fortuna, pero consideré bien invertido el dinero si a cambio Camille no sólo lo esculpía, sino si además con ello conseguía hacerla feliz. Adquirí todos los útiles necesarios y casi tuve que arrastrarla una mañana muy temprano para que pudiese recibir mi regalo.

-Jamás volveré a esculpir piedra. No permitiré que nadie más me robe lo que es mío. Si desean que trabaje…  que me liberen –me dijo, impertérrita, frente al bloque de piedra blanca y resplandeciente que aguardaba a que sus manos le dieran forma.

-Pero Camille, piénselo, creo que sería estupendo para su terapia, que le iría bien intentarlo –supliqué, mezquinamente, seguramente pensando mucho más en mí que en ella.

-¡Qué terapia! ¿Acaso soy yo igual que estos dementes junto a los que me mantiene encerrada? Yo no necesito ningún tratamiento, yo lo que necesito es libertad –sentenció.
No me dí por vencido, y seguí insistiendo a lo largo de varias semanas. La respuesta me llegó de forma trágica una agradable tarde de primavera, nada más regresar de un delicioso viaje a Avignon.

-Edouard, venga rápido, hay algo que tiene que ver y que no le va a gustar en absoluto –me dijo un celador.

Lo acompañé hasta el jardín principal. Sobre el césped yacían esparcidos cientos de pedazos de mármol blanco, vestigios de lo que hasta el día anterior había sido el costoso bloque que yo había comprado. Dos de aquellos pedazos sujetaban un papel sobre el que estaba la firma de Camille. Lleno de ira fui a buscarla a su habitación, donde parecía estar aguardándome.

-¡Si no deseaba esculpir bastaba con decirlo, no tenía porqué destrozar el bloque! –exclamé, fuera de mí, completamente sulfurado.

-Se lo he repetido hasta la saciedad, y usted ha seguido insistiendo. Ahí tiene el resultado. Hice una pequeña escultura y de inmediato la destruí. No quiero que nadie más me robe lo que sólo yo he creado –replicó, serena, mirándome a los ojos.

Camille, yo también te sustraía a escondidas tus sencillas piezas de barro. ¿Cómo permitir que acabaran confundiéndose con los escombros de un manicomio? Camille, ¿a quién dirigirme hoy, en este tiempo convulso que nos ha tocado vivir, para evitar este sacrilegio terrible?

-Déjeme marchar, Edouard. Sólo deseo regresar a Villeneuve, al pueblecito que me vio nacer, el lugar más hermoso que hay sobre la Tierra. Déjeme ir al único sitio en el que he sido feliz de verdad. Allí moriré en silencio, sin molestar a nadie. Se lo prometo…

Te juro Camille que lo intenté. Primero me dirigí a la señora Claudel, madre de Camille, que me respondió arguyendo que era mejor no soltarla porque «había provocado mucho mal, más del que pudiera imaginar»; después, decenas de veces, a su hermano Paul. Una vez incluso me atreví a hacerlo personalmente, tras una de las escasas visitas que dedicó a su pobre hermana.

-Señor Claudel, debe usted compadecerse de su hermana. Aunque su estado de salud no sea bueno, mentalmente presenta un comportamiento intachable. Sólo conserva una animadversión hacia Auguste Rodin que hasta cierto punto es razonable.

-No, lo lamento mucho. Entiendo sus buenas intenciones, pero Camille aquí está bien atendida y protegida. Usted no ha conocido a mi hermana antes de ser internada, y le garantizo que es capaz de la mayores insensateces que pueda imaginar. ¿Quién sabe lo que sucedería si la dejásemos ahora suelta por ahí? –argumentó Paul Claudel, el gran diplomático, el genial dramaturgo, el excelso poeta que bajo ningún concepto deseaba que su hermana del alma pudiera contar a los cuatro vientos que había sido cruelmente enjaulada durante treinta años.

Camille, Camille, Camille…
Yace tu cuerpo envuelto por la arcilla roja de Avignon, apresándote, petrificando tus huesos para siempre en un lugar en el que nunca nadie los encontrará. Como una escultura maravillosa sepultada bajo las cenizas de un volcán se pierde en el infinito, así hemos enterrado para siempre el cuerpo de Camille Claudel hoy en una anónima fosa común reservada a los dementes.

Ahora estoy decidido. Será mi forma de expiación. Voy a destrozar el pequeño museo que durante años construí sin que lo supieras. Aquí están esas figuritas de arcilla que tú creías yacerían en las cloacas del departamento de Vaucluse, pero que en realidad flotan entre la inmundicia de mis pecados sin purgar. Será mi tributo. Creo que al fin he llegado a comprenderte. Destruiré las piezas una a una y dejaré el suelo de mi habitación tal y como tú dejaste el jardín de Montdevergues. Veré sucumbir a los náufragos, separarse a los amantes, soltarse a los bailarines… Dejará la belleza que salía de tus manos de existir, y sólo mi memoria guardará recuerdo de aquello que fuiste capaz de realizar, de crear, en un infierno cruel al que te viste sometida.

Anochece en el asilo. Escucho los gritos desgarrados de algunos enfermos que vociferan desde los pabellones más atestados. Camille Claudel ya no está entre nosotros y a mí ya no me queda consuelo ni paciente con la que compartir mis más altas aspiraciones. Yo también lo he perdido todo con tu marcha, Camille. Si algo he sido, si alguna vez he llegado a sentirme grande, importante o extraordinario ha sido gracias a ti. Pese a todo, haber compartido veinte años de tu encierro ha sido un honor y un placer.
Descanse en paz tu alma atormentada y genial.


Melodía...

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